El don de equivocarse

Actualizado: 30 may


El Don de equivocarse por Áxel Capriles
El Don de equivocarse por Áxel Capriles

“… bien podrá ser que parezca que son ellos mesmos; pero que lo sean realmente y en efecto, eso no lo creas en ninguna manera. Lo que has de creer y entender es que si ellos se les parecen como dices, debe ser que los que me han encantado habrán tomado esa apariencia y semejanza; porque es fácil a los encantadores tomar la figura que se les ant

oja, y habrán tomado las destos nuestros amigos, para darte a ti la ocasión de que pienses lo que piensas, y ponerte en un laberinto de imaginaciones, que no aciertes a salir dél, aunque tuvieses la soga de Teseo;…”


El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha

Libro I, Cap. XLVIII


En una carta de 1855, el historiador Jacob Burckhardt le comenta a su alumno Albert Brenner que Fausto “es un mito genuino”, una “imagen primordial”, y que así como Edipo estaba en todos los griegos, Fausto representa aspectos fundamentales de la nación alemana. Podemos pensar, también, que Don Quijote de la Mancha es una imagen primigenia, un arquetipo universal, a la vez que una particular expresión idiosincrásica del alma hispana. El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha es una de las más logradas imágenes para reflexionar en torno a varios de los principales conflictos o polaridades que vive el ser humano: la disyuntiva entre la apariencia y la realidad, entre lo concreto y la fantasía, entre la necesidad y la posibilidad, entre el idealismo y el realismo.

De los casi 700 caracteres menores que contienen los dos libros de la ingeniosa obra de Miguel de Cervantes Saavedra, por lo menos la mitad aparecen disfrazados en algún momento de la historia o se muestran como realmente son pero Don Quijote los toma por otros. En la primera parte de la obra, Sancho Panza ve el mundo como efectivamente es mientras que Don Quijote lo cubre con su fantasía, infla y distorsiona constantemente la realidad. La bacía de barbero es el yelmo de Mambrino, las posadas son castillos, las ovejas invasores, los molinos gigantes. A medida que avanza la obra, sin embargo, Sancho Panza se va haciendo menos realista, más heroico, mientras que Don Quijote empieza a ver las cosas como objetivamente son. La separación entre la apariencia y la realidad, no obstante, es un enigma repetitivo, insoluble, que ha sido abordado en todas las culturas y desde los más variados ángulos, la religión, la filosofía, la literatura, la física, el arte. El velo de maya hindú, la interpretación popular del principio de indeterminación de Heisemberg o el sueño de Segismundo, son discursos sobre el mismo tema. Entonces, si Don Quijote y Sancho Panza nos remiten a un dilema universal, a una polaridad arquetipal, ¿de qué manera reflejan hidalguía, de qué forma dan cuenta de un espíritu curtido en la hispanidad?

Lo específico español del Quijote no viene de la grandiosa visión binocular que reconoce las dos caras del realismo o que coloca en perspectiva el idealismo. Tampoco reside en el estupendo humor con que desnuda la tendencia universal a confundir las apariencias con la realidad, semilla atemporal de la comedia. Yo diría que en donde El Quijote toca más hondo el alma hispana es en su pasión subjetiva, en su muestra de un acendrado individualismo que no acepta la objetividad de la realidad mundana, en la intuición que entiende la cotidianidad prosaica e inanimada como simple falta de fantasía. Es, no obstante, un individualismo subjetivo que, lejos de ser egoísta, se revela tremendamente humano, idealista y filantrópico. El Quijote reclama nuestro derecho a ser diferentes, a estar equivocados. De allí la elevación moral de la locura que, contra el sentido común, le permite al hombre promedio y común sentir destellos de grandeza. Hay algo inspirador, algo sublime y esperanzador, en nuestra capacidad de errar. A medida que Don Quijote pierde su disposición de vivir imaginativamente, se va desilusionando. Ya no comete errores y en lugar de ver las tres encumbradas damas que quiere mostrarle Sancho, percibirá tan solo tres feas labradoras. Dulcinea del Toboso es una extraordinaria personificación del ánima, un complejo funcional o personalidad parcial que nos conecta con el mundo interior, lo femenino inconsciente con que animamos y mitificamos el mundo. Pero si Dulcinea se convierte en la simple hija Lorenzo Corchuelo y Andanza Nogales, el paradigma de nobleza y hermosura se desvanece. Cuando el hombre pierde la habilidad para convertir la realidad baja y vulgar, la vida cotidiana, en algo extraordinario, elevado, cuando la realidad llega a dominarnos, el ser sujetivo se debilita, se desencanta, pierde el sentido de la vida y muere. Hay una emoción que viene de adentro, un desgarramiento, que los andaluces llamaron Duende. Su aparición no ocurre en el mundo objetivo y racional sino cuando lo trabucamos y le damos otra imagen, cuando nos atrevemos a engañarnos.

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