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Los dioses de la guerra, por Axel Capriles M.

A pesar de que el jefe del grupo Wagner, Yevgueni Prigozhin, fue enterrado con discreción, la tumba del mercenario ruso es el lugar más visitado del cementerio Porojóvskoye de San Petersburgo. Simpatizantes y curiosos de todas partes acuden a rendir honores al jefe de la organización paramilitar. Su tumba está rodeada de ofrendas, flores y notas escritas con emoción. En mi juventud, la tumba más visitada del cementerio Père-Lachaise de Paris era la de Jim Morrison, el cantante de The Doors. En aquellos años, el grito “haz el amor, no la guerra” era un clamor de la cultura. Ahora es diferente. Los dioses de la guerra han sido convocados con todo su horror y brutalidad. Ares, el impetuoso dios griego, la deidad olímpica de la guerra, recorre de nuevo los caminos en carruaje tirado por caballos inmortales con bridas de oro.



La guerra de Ucrania va para dos años. África central está devorada por la violencia, asediada por grupos terroristas, Al Qaeda, ISIS, Boko Haram. Armenia recoge a más de 100.000 refugiados hambrientos y desesperados que han huido de Nagorno Karabaj por temor a un nuevo genocidio. Los sangrientos atentados del Hamás y la guerra entre Israel y Gaza elevan la tensión del mundo entero con un enfrentamiento crónico que remueve las entrañas del odio.


La guerra está en el centro de la cultura. La Ilíada, el Mahabharata, la Canción del Mío Cid, el Cantar de Roldán. Existe una íntima y oscura fascinación por violencia. A pesar de ello, en nuestros ojos contemporáneos, la cultura de guerra y muerte parecían cosa del pasado. El progreso había adelantado a duras penas con el ideal de paz como emblema. ¿Qué sucedió, entonces, para que Marte, Tyr o Morrigan volvieran a reinar sobre el planeta? Caben muchas explicaciones, pero hay un factor que sirve de hilo conductor de todas las confrontaciones: la noción de identidad, la ideología identitaria. Identificarse con algo es, psiquiátricamente, una forma de locura. Si cabe algún tipo de identidad, decía en días pasados el yogui Sadhguru, en Madrid, tendría que ser una identidad cósmica porque todas las demás identidades, nacional, sexual, religiosa, son un peligro para la salud y la sostenibilidad del planeta.


La manipulación de los demonios identitarios lleva a la polarización. Esta es una construcción discursiva, un entramado simbólico que exacerba emociones y subvierte la imagen personal con el propósito de configurar identidades antagónicas y fanatizar a las masas como estrategia de dominación. Sirve para crear categorías simples y totales, para obligar a una demarcación dicotómica que nos identifica con el propio grupo y nos separa del exogrupo, receptor de hostilidad, desprecio, desconfianza, odio. Lo particularmente distintivo de los nuevos tipos de populismo es el perfeccionamiento del liderazgo por resentimiento y fractura social. El discurso de la polarización, nosotros/ellos, derecha/izquierda, cristianismo/islam, es un dispositivo raíz de la violencia.

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